El Congreso Nacional enfrenta un dilema estructural que trasciende la política tradicional: legislar sin perder de vista los mandatos constitucionales. Desde la reforma de 2010, los diputados y senadores deben reconciliar la presión política inmediata con las exigencias técnicas y jurídicas de una Constitución que redefinió los límites del poder estatal. Este desafío no es menor en un contexto donde la improvisación legislativa sigue siendo costumbre en muchos espacios del Palacio Legislativo.

El acto de legislar dejó de ser, hace años, un simple ejercicio de redacción de normas. Crear leyes requiere criterio técnico, responsabilidad institucional y dominio de las materias sobre las cuales se legisla, según especialistas en derecho constitucional. La Constitución de 2010 elevó el estándar: prohibió ciertas prácticas, expandió derechos fundamentales y creó obligaciones que demandan legisladores competentes. Sin embargo, muchas iniciativas que llegan al hemiciclo ignoran estas bases, generando leyes que después requieren sentencias de inconstitucionalidad de los tribunales.

La realidad dominicana muestra que el ejercicio legislativo muchas veces se reduce a negociaciones políticas entre grupos de poder, dejando a un lado el análisis técnico riguroso. Diputados sin formación especializada en temas complejos como tributación, ambiente o derecho laboral toman decisiones que afectan a millones de ciudadanos. El resultado es un ordenamiento jurídico contradictorio, donde leyes nuevas entran en conflicto con normas previas o con principios constitucionales establecidos explícitamente.

El costo de legislar sin brújula constitucional

Cuando el Congreso legisla sin considerar sistemáticamente la Constitución, los costos son múltiples. Primero, consume recursos judiciales: tribunales deben anular leyes, corregir interpretaciones y resolver conflictos que pudieron evitarse. Segundo, genera inseguridad jurídica: empresas, ciudadanos y funcionarios públicos no saben si una norma será vigente mañana. Tercero, debilita la institucionalidad: el Poder Legislativo pierde credibilidad si sus propias creaciones se derrumban en cortes de justicia.

El desafío actual no es solo que exista una Constitución más exigente. Es que esa Constitución estableció en 2010 estándares de derechos humanos, equilibrio de poderes y restricciones presupuestarias que muchas iniciativas legislativas ignoran deliberadamente. Leyes sobre educación, salud, seguridad social o financiamiento político que no consideren estos marcos constitucionales nacen viciadas.

Para que el Congreso Nacional cumpla su función con rigor, la profesionalización legislativa no es opcional. Necesita asesores técnicos independientes, comisiones especializadas funcionales y, sobre todo, legisladores dispuestos a estudiar antes de votar. Algunos partidos han avanzado en esto; otros aún viven de la improvisación. La brecha entre ambos modelos explica por qué algunas iniciativas generan leyes sólidas mientras otras colapsan ante el primer recurso de inconstitucionalidad.

La Constitución de 2010 no fue un accidente histórico. Fue el resultado de años de debate nacional sobre qué república queremos. Legislar de cara a esa Constitución significa asumir que no toda presión política justifica una ley, y que el criterio técnico debe prevalecer sobre el capricho parlamentario. Mientras el Congreso no interiorice esto, seguirá produciendo normas que el tiempo y los tribunales se encargan de desmantelar.

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