La política dominicana tiene sus propios arquetipos, sus figuras que encarnan modos de ser y actuar que trascienden el uniforme o la oficina. Alfredo Pacheco Ozoria, presidente de la Cámara de Diputados, representa una de esas personificaciones que obliga a releer clásicos como El tíguere dominicano, el ensayo sociológico de Lipe Collado que sigue siendo referencia obligatoria para entender la psicología política del país.

El concepto del tíguere dominicano no es un simple insulto callejero. Collado lo definió como un tipo psicosocial específico: alguien que opera en los márgenes de las normas institucionales, que negocia poder a través de redes informales, que cambia de bando cuando conviene y que entiende la política como un juego de supervivencia donde la lealtad es transitoria. No es necesariamente criminal, pero tampoco se atiene estrictamente a lo legal.

Los recientes enfrentamientos entre Pacheco y figuras como Eduardo Sánchez Tolentino, conocido como El Piro, revelan dinámicas que Collado documentó hace décadas. No se trata de confrontaciones ideológicas, sino de pugnas por control territorial dentro del aparato estatal, de redistribución de favores y de posicionamiento en la siguiente jugada electoral. Pacheco ha demostrado una capacidad notable para moverse en estos espacios grises, para construir coaliciones improbables y para anticipar cambios en el tablero político.

El arquetipo que persiste en las instituciones

Lo que distingue al tíguere moderno del siglo XXI es que ahora opera desde posiciones institucionales formales. Pacheco no actúa en las sombras: conduce sesiones plenarias, firma documentos oficiales, aparece en medios nacionales. Su tiguería es de corbata y birrete, legitimada por votos y por la estructura misma del Congreso Nacional.

Este tipo de liderazgo es más efectivo precisamente porque mantiene la apariencia de institucionalidad mientras preserva los mecanismos informales que realmente mueven las decisiones. Construye alianzas volátiles, negocia en privado, distribuye posiciones legislativas como cartas en una mesa de póker político. Sus adversarios lo reconocen porque utilizan las mismas herramientas, pero Pacheco parece estar siempre dos movidas adelante.

La reelección que logró como diputado, su ascenso a la presidencia de la Cámara y su capacidad para mantener influencia en gobiernos de diferentes colores políticos son evidencia de una maestría tácita en el juego dominicano. No necesita un manual de procedimientos: entiende intuitivamente cómo funciona el sistema real, más allá de lo que dicen las leyes.

El análisis de Collado sobre el tíguere señalaba que esta personalidad responde a carencias institucionales profundas: cuando el Estado es débil, cuando la ley se aplica selectivamente y cuando la movilidad social requiere contactos más que competencia, surgen figuras como estas. Pacheco es tanto síntoma como actor en este diagnóstico que sigue siendo válido después de cuatro décadas.

La pregunta que flota es si el sistema puede seguir funcionando con actores de este tipo. O si, eventualmente, la institucionalidad terminará por contenerlos o expulsarlos. De momento, Alfredo Pacheco demuestra que el verdadero tíguere dominicano no necesita vivir en la marginalidad: puede prosperar perfectamente dentro de las estructuras formales del poder.

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