La historia de cómo la FIFA eligió a México como sede del Mundial 1986 revela un contraste radical con las decisiones contemporáneas de la organización. Hace cuatro décadas, cuando Gianni Infantino aún no ocupaba la presidencia, los directivos de la FIFA rechazaron los ofrecimientos de Estados Unidos y otorgaron el torneo a la nación azteca tras la renuncia de Colombia. La decisión entonces respondía a criterios deportivos y de viabilidad; hoy, según críticos de la gestión actual, obedece a intereses comerciales y presiones políticas.
El contraste es evidente en los números. Para el Mundial 2026, Estados Unidos concentra 78 de los 104 partidos del torneo, una cifra desproporcionada comparada con los 13 encuentros asignados a México y otros 13 delegados a Canadá. Esta distribución favorece ampliamente al país norteamericano en términos de ingresos, visibilidad mediática y logística. En 1986, la situación fue inversa: México recibió la mayoría de los partidos mientras Estados Unidos fue descartado sin mayores consideraciones políticas.
Cuando el fútbol prevalecía sobre los intereses comerciales
La decisión de 1986 se produjo en circunstancias extraordinarias. Colombia, inicialmente designada como anfitriona, se retiró por razones económicas y de seguridad. La FIFA entonces enfrentó dos opciones principales: entregarle el torneo a Estados Unidos o a México. Los directivos eligieron México no porque ofreciera más dinero o tuviera mayor poder político, sino porque contaba con infraestructura futbolística consolidada, experiencia previa como organizador y una tradición futbolística arraigada.
La administración FIFA de aquella época, aunque lejos de ser inmaculada, operaba bajo criterios diferentes a los actuales. Las decisiones se tomaban mediante votaciones entre miembros del comité ejecutivo, un proceso que, aunque opaco, al menos reflejaba una deliberación interna sin la injerencia directa de presiones externas tan evidentes como las contemporáneas.
La crítica moderna hacia la gestión de Infantino se centra precisamente en cómo la FIFA ha modificado sus prioridades. El titular de la fuente lo resume contundentemente: entregar la Copa a Estados Unidos no sería elegir sede, sino subastar el torneo al mejor postor. Esta afirmación subraya la percepción de que las concesiones reiteradas a Donald Trump y a los intereses estadounidenses responden a lógica de mercado, no de meritoria deportiva.
La distribución desigual de partidos entre las tres naciones organizadoras del 2026 es sintomática. México y Canadá, socios históricos en competiciones internacionales, reciben menos del 25 por ciento de los encuentros combinados. Estados Unidos, con menos tradición futbolística que México y menor población que ambos países, acapara casi el 75 por ciento del torneo. Esta configuración beneficia directamente los intereses mediáticos y comerciales estadounidenses, especialmente en un mercado donde la MLS busca fortalecer su proyección internacional.
La comparación entre 1986 y 2026 ilustra la transformación de la FIFA en una década y media. De una organización que priorizaba la viabilidad deportiva y la tradición futbolística, ha evolucionado hacia una entidad orientada por lógicas empresariales y presiones políticas. Mexico en 1986 recibió el torneo porque podía organizarlo bien. Estados Unidos en 2026 lo domina porque puede pagarlo mejor y porque su influencia política lo permite.
Para los críticos de la administración Infantino, este cambio representa una degradación de los principios que históricamente guiaron la FIFA, sin importar sus defectos previos. El Mundial, argumentan, deja de ser un evento deportivo para convertirse en un producto comercial asignado al postor más conveniente.