Gianni Infantino presenciaba el partido México-Inglaterra en el estadio Azteca con la compostura de quien cree haber controlado una crisis. Pero no había nada que controlar. El escándalo por el levantamiento de la sanción a Folarin Balogun, centrocampista estadounidense, ya se expandía sin freno por el fútbol mundial, exponiendo las grietas de un liderazgo que ha transitado desde becario administrativo hasta protagonista de decisiones que erosionan la credibilidad de la FIFA.
La sanción original le impedía a Balogun enfrentarse a Bélgica en partido decisivo. El comité disciplinario de la FIFA revirtió la decisión tras presiones políticas evidentes, marcando un antes y después en cómo se administra la justicia deportiva en el máximo organismo mundial. Lo inusual no fue la apelación, sino la velocidad y los intermediarios que la acompañaron, dejando un rastro de favoritismo que la sonrisa de póker de Infantino no podía disimular.
De la administración de escritorio a las decisiones que resquebrajan el fútbol
La trayectoria de Infantino representa una paradoja del poder deportivo moderno. Comenzó su carrera como becario en LaLiga, aprendiendo los entresijos de la administración futbolística desde las bases. Ascendió metodicamente por puestos de gestión, acumulando experiencia en estructuras burocráticas, hasta llegar a la presidencia de la FIFA en 2016. Su promoción fue presentada como la de un técnico competente, alguien que entendía los mecanismos administrativos del fútbol profesional.
Sin embargo, la gestión de Infantino ha sido marcada por decisiones que priorzan la expansión comercial sobre la integridad deportiva. El mundial de 2022 en Qatar, bajo su supervisión, fue el más controvertido de las últimas décadas. Luego vinieron expansiones de formatos, cambios en calendarios, y ahora, la manipulación de sanciones disciplinarias que afectan competiciones en vivo. Cada decisión sumó capital político pero restó credibilidad institucional.
El caso Balogun expone algo más profundo que una sanción revertida. Revela cómo en la FIFA contemporánea, bajo el liderazgo de Infantino, las decisiones técnicas pueden ser anuladas por presiones externas. Donald Trump aparece mencionado en el contexto original como variable en esta ecuación, sugiriendo que ni siquiera un organismo internacional autónomo escapa a las presiones geopolíticas cuando sus líderes carecen de independencia real.
El contraste es brutal: el becario que aprendió en estructuras administrativas rigurosas, hoy conduce una institución donde esas mismas estructuras son esquivadas cuando conviene. La FIFA bajo Infantino no necesita reformarse desde afuera; necesita líderes que recuerden qué significa integridad deportiva, un concepto que parece haber desaparecido entre memorandos y reuniones privadas.
El bochorno de Balogun no es un incidente aislado. Es el síntoma de una enfermedad institucional: un presidente que emergió de la administración pero carece de los principios que justificaban esa administración en primer lugar. En el fútbol mundial, eso es lo más peligroso que puede ocurrir.