La justicia penal dominicana está atrapada en un círculo vicioso. El sistema judicial mantiene la creencia de que todo delito, sin excepción, debe terminar en un juicio oral. Esta obsesión por judicializar cada caso ha colapsado los tribunales, retrasado sentencias por años y, paradójicamente, ha debilitado la efectividad del castigo al delito. Lo que debería ser una garantía de justicia se ha convertido en su mayor obstáculo.

La hiper-judicialización del delito es la tendencia institucional de llevar absolutamente todos los casos penales a un proceso oral formal, incluso aquellos que podrían resolverse mediante mecanismos alternativos más eficientes. En República Dominicana, esta práctica refleja una desconfianza profunda hacia cualquier forma de justicia que no pase por una sentencia pronunciada en una sala de audiencias. El resultado es predecible: juzgados saturados, expedientes estancados durante años y una población que pierde fe en la capacidad del sistema para resolver sus conflictos.

La creencia de que justicia es sinónimo de juicio oral es casi religiosa. Operadores del sistema, abogados, jueces y ciudadanos han internalizado que no hay verdadera justicia si no hay condenación pública en un tribunal. Esta mentalidad ignora una realidad evidente: no todos los casos penales tienen la misma complejidad ni el mismo daño social. Un robo en una tienda no requiere el mismo andamiaje procesal que un crimen de lesa humanidad. Sin embargo, ambos reciben el mismo trato: la máquina judicial a toda su capacidad.

Esta obsesión ha generado consecuencias sistémicas que afectan la seguridad pública. Los juzgados están desbordados, las audiencias se posponen indefinidamente y los casos menores compiten por espacio con delitos graves. Mientras tanto, los tiempos de respuesta se estiran: acusados que podrían estar detrás de las rejas siguen libres durante años de proceso; víctimas esperan verdad y reparación que nunca llega; recursos públicos se gastan en procedimientos que podrían resolverse más rápido y eficientemente.

El costo oculto de la obsesión por las sentencias

Los sistemas de justicia modernos en el mundo reconocen desde hace décadas que la salida judicial no siempre es la más justa ni la más efectiva. Existen mecanismos alternativos probados: mediación, conciliación, justicia restaurativa, acuerdos reparatorios. Estos procedimientos no buscan evadir la responsabilidad, sino procesarla de manera más rápida, menos traumática y frecuentemente más satisfactoria para las víctimas.

En el contexto dominicano, la resistencia a estas alternativas es casi instintiva. Existe la percepción de que aceptar un arreglo o una solución sin juicio oral es «perdonar delincuentes» o «vender justicia.» Esta mentalidad confunde castigo con justicia. El castigo es una herramienta; la justicia es el objetivo. Si se logra reparar a la víctima, responsabilizar al infractor y evitar reincidencia sin necesidad de un juicio que tarde tres años, ¿por qué no hacerlo?

La hiper-judicialización también genera inequidad. Quienes tienen recursos para pagar abogados privados pueden agilizar sus casos o negociar salidas alternas. Los pobres no tienen esa opción: están atrapados en el sistema lento, esperando años por un juicio. Así, la justicia penal se convierte en un instrumento que castiga especialmente al que menos tiene.

El camino hacia adelante requiere un cambio cultural profundo. Los operadores del sistema, las autoridades y la opinión pública deben entender que la justicia penal no es un valor en sí mismo, sino un medio para resolver conflictos, proteger a la sociedad y reparar daños. Eso puede ocurrir de múltiples formas, no solo en una sala de audiencias.

Mientras República Dominicana siga atrapada en la trampa de la hiper-judicialización, el delito ganará. No porque haya impunidad, sino porque la justicia será tan lenta que dejará de ser justicia.

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