Un niño de apenas tres años quedó huérfano en la madrugada del miércoles 8 de julio tras el feminicidio de su madre, Darinee Espinosa Asencio, ocurrido en el sector Zumbón de Hatillo, municipio de Haina, provincia San Cristóbal. El padre del menor fue detenido como principal sospechoso del crimen, dejando al pequeño sin ambos progenitores en circunstancias que visibilizan una realidad incómoda: los hijos de mujeres víctimas de feminicidio son también víctimas silenciosas de esta violencia.

Darinee Espinosa, de 24 años, fue descrita por familiares y vecinos como una mujer trabajadora, alegre y de trato afable. Residía en una comunidad de Haina donde era conocida por su esfuerzo diario y su disposición. Su muerte representa otro caso más en la estadística de feminicidios que continúa marcando a República Dominicana, pero su historia trasciende los números: un niño pequeño quedó sin la protección de su madre y con su padre tras las rejas, enfrentando un futuro incierto.

El caso ocurrió durante la madrugada, cuando la mayoría de las personas dormía. Según reportes iniciales, la muerte de Espinosa Asencio fue resultado directo de violencia doméstica, un patrón que caracteriza la mayoría de los feminicidios registrados en el país. La detención del progenitor del menor fue inmediata, pero eso no restaura lo que el niño perdió: la presencia cotidiana de su madre, las palabras de consuelo, la seguridad emocional que solo ella podía proporcionar.

Las víctimas olvidadas de la violencia de género

Cuando se habla de feminicidio, la conversación se enfoca naturalmente en la mujer asesinada. Su nombre, su historia, su potencial truncado. Pero existe un grupo de víctimas que permanece en la sombra: los hijos e hijas que pierden a sus madres. En el caso de este niño de tres años, la tragedia es especialmente profunda porque a esa edad los infantes dependen completamente de sus cuidadores para sobrevivir emocional y psicológicamente.

Los especialistas en desarrollo infantil advierten que la pérdida traumática de una madre durante los primeros años de vida genera cicatrices que perduran en la adultez. El trauma, la confusión, la ausencia de explicaciones que un niño tan pequeño pueda procesar, se convierte en una carga que carga sin tener responsabilidad alguna en los eventos que la provocaron.

En Dominicana, no existen estadísticas desagregadas sobre cuántos menores quedan huérfanos por feminicidio anualmente. Esta omisión es en sí misma un reflejo de cómo la sociedad invisibiliza a estas víctimas secundarias. No tienen voz en los medios, no generan campañas de sensibilización, no aparecen en los debates políticos sobre violencia de género con la relevancia que merecen.

El caso de Darinee Espinosa Asencio debe servir como recordatorio de que detener el feminicidio requiere no solo justicia para las víctimas directas, sino protección integral para sus familias. El pequeño hijo de esta mujer trabajadora y alegre necesitará apoyo psicológico, acogimiento seguro y oportunidades de reconstruir su vida. Su historia no puede terminar en un expediente policial olvidado.

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