El presidente Luis Abinader enfrenta una creciente presión social sin el respaldo articulado de su propio gabinete, mientras funcionarios y líderes del Partido Revolucionario Moderno (PRM) mantienen un silencio estratégico que amplifica la vulnerabilidad política del mandatario. En días recientes, el jefe de Estado ha debido defender directamente su gestión ante críticas que emergen desde distintos sectores de la sociedad dominicana.

La dinámica actual revela una paradoja del poder: mientras Abinader asume una defensa frontal de sus políticas, los funcionarios de su administración y los aspirantes presidenciables del partido oficial permanecen en un mutismo que debilita la capacidad de respuesta institucional. Este vacío comunicacional ocurre en un momento donde las presiones sociales ganan intensidad en calles, barrios, provincias y pueblos del país.

El patrón de comportamiento de los altos funcionarios sugiere una deliberada cautela. Mientras el presidente sale públicamente a enfrentar críticas con argumentos sobre su ejecutoria, sus colaboradores evitan pronunciamientos que pudieran comprometerlos políticamente. Esta táctica defensiva es común en gobiernos que anticipan cambios de ciclo, donde los actores gubernamentales comienzan a proteger sus perfiles propios antes que fortalecer la administración en curso.

El silencio de los presidenciables en tiempos de presión

La ausencia de defensa desde los supuestos sucesores potenciales del mandatario resulta particularmente reveladora. Los aspirantes presidenciables del PRM, en lugar de respaldar públicamente la gestión actual como forma de proyectar continuidad, optan por mantener un perfil bajo que les permita distanciarse de cualquier decisión impopular. Este comportamiento es sintomático de gobiernos en transición donde la lealtad institucional cede ante cálculos electorales.

La estrategia de Abinader de asumir directamente la defensa de su ejecutoria refleja una fortaleza personal pero también una debilidad administrativa. Un gobierno robusto se caracteriza por la capacidad de sus instituciones y voceros para articular respuestas coordinadas ante críticas. Cuando el presidente debe cargar solo el peso de la defensa, señala que el sistema político en torno a él no funciona como debería.

Las presiones sociales actuales tocan temas sensibles: económicos, de seguridad y de servicios públicos. Estos son áreas donde las respuestas requieren no solo argumentos presidenciales sino también demostraciones concretas de acción desde los ministerios responsables. La falta de vocería coherente desde los funcionarios sugiere que las políticas implementadas no generan la suficiente convicción ni siquiera dentro de la propia administración.

Este escenario político deja al gobierno en una posición frágil ante la ciudadanía. Cuando existe silencio oficial generalizado, los ciudadanos interpretan la ausencia de respuesta como confirmación de sus preocupaciones. La presión social continúa acumulándose sin encontrar interlocutores capaces o dispuestos a dialogar desde las instituciones del Estado.

La dinámica actual plantea interrogantes sobre la cohesión interna del PRM y sobre la viabilidad de la estrategia comunicacional del Ejecutivo. Si el mute de los funcionarios persiste mientras la presión social se incrementa, el gobierno enfrenta el riesgo de perder iniciativa política antes de que culmine el ciclo presidencial.

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