El sonido metálico de ollas y calderos retumba nuevamente en las calles de Santo Domingo. La convocatoria de cacerolazos diarios a las 8:00 de la noche, iniciada el lunes 6 de julio por la artista urbana Melymel a través de redes sociales, ha revivido una forma de protesta que tiene raíces profundas en la historia dominicana y latinoamericana. Lo que comenzó como un llamado virtual se ha convertido en una expresión colectiva que refleja el descontento ciudadano en la capital.

Los cacerolazos no son una novedad en la República Dominicana ni en América Latina. Esta modalidad de protesta emerge históricamente en momentos de crisis económica, política o social, cuando los ciudadanos buscan expresar su inconformidad mediante una herramienta accesible y masiva. El ruido de los utensilios de cocina funciona como símbolo de desesperación económica—literalmente el sonido del hambre—y como mecanismo de visibilidad sin necesidad de infraestructura compleja o autorización previa.

En Argentina, los cacerolazos ganaron notoriedad mundial durante la crisis de 2001, cuando miles de personas salieron a las calles golpeando ollas para rechazar las políticas económicas. Esa experiencia marcó un precedente regional. En Chile, Uruguay y otros países latinoamericanos, la práctica se ha replicado en momentos de tensión social. En República Dominicana, aunque menos documentados mediáticamente que en otros contextos, los cacerolazos han acompañado momentos críticos de la vida nacional, funcionando como expresión de protesta de sectores que se sienten ignorados por canales institucionales.

Una protesta que resurge en tiempos de incertidumbre

La convocatoria de Melymel responde a un contexto específico. El resurgimiento de esta forma de protesta en las noches capitalinas sugiere que existe un caldo de cultivo de descontento. Los cacerolazos tienen ventajas organizativas: no requieren permisos, no concentran a miles de personas en un punto vulnerable, y cada participante puede hacerlo desde su hogar o desde su cuadra. Esto los hace difíciles de contener y muy efectivos para generar visibilidad mediática.

La elección de una artista urbana como convocante tampoco es casual. Las figuras públicas con presencia en redes sociales poseen una capacidad de movilización que los mecanismos tradicionales de organización ya no garantizan. Una sola publicación puede alcanzar decenas de miles de personas, especialmente en un país donde la penetración de redes sociales es alta. Melymel operó como nodo amplificador de un sentimiento colectivo que ya existía, canalizándolo hacia una acción coordinada.

Los cacerolazos también funcionan como mecanismo de inclusión democrática. A diferencia de marchas que requieren desplazamiento, recursos o disponibilidad de tiempo, el cacerolazo permite que adultos mayores, personas con limitaciones de movilidad, padres de familia y trabajadores participen desde donde están. Esto amplía el espectro de quiénes pueden sumarse a la protesta, democratizando la disidencia.

La persistencia de esta práctica en las calles dominicanas demuestra que los ciudadanos buscan canales alternativos de expresión. Mientras persistan las razones que generan descontento—sea económico, político o de otra índole—las ollas y los calderos seguirán siendo herramientas de protesta. El sonido retumbante en las noches de la capital no es solo ruido: es la voz de quienes sienten que no son escuchados por otras vías.

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